La hepatitis y la cirrosis hepática I

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La tercera parte de la población mundial está infectada por algún virus de la hepatitis. Frenar el avance de esta enfermedad contagiosa está en nuestras manos. Para prevenirlo, hay aspectos que debes conocer.


El hígado es el órgano más grande dentro de nuestro cuerpo. Ayuda al organismo a digerir los alimentos, almacenar energía y eliminar las toxinas. La hepatitis es una enfermedad inflamatoria que afecta al hígado que puede estar causada por diferentes tipos de virus como los A, B, C, D, y E. Este órgano también se puede dañar por el efecto de sustancias tóxicas como el alcohol, las drogas, algunos medicamentos, etc. En muchas enfermedades autoinmunes también hay afectación hepática.

Síntomas

La infección aguda puede acompañarse de pocos o ningún síntoma, o puede producir ictericia, orina oscura, náuseas, vómitos, dolor abdominal, etc. La enfermedad puede evolucionar hacia una fibrosis, una cirrosis o un cáncer de hígado. También puede haber signos de encefalopatía hepática con la consiguiente pérdida de memoria, etc.

Diagnóstico

En las hepatitis se produce un aumento de 10 a 20 veces de los niveles séricos de las transaminasas, que alcanzan valores que oscilan entre los 300 y los 1000, debido a la rotura de los hepatocitos con salida al exterior de su contenido. También se detectan un aumento de bilirrubina total y de la fosfatasa alcalina.

Las transaminasas nos dan una idea del alcance de la necrosis hepática, y por tanto de la hepatitis, mientras que los otros parámetros señalan el estado de la función hepática.
También hay unos marcadores bioquímicos específicos como la medida de la carga viral o de los anticuerpos generados por el organismo frente a ellos.

Formas de transmisión de la enfermedad

La hepatitis A y la E son causadas generalmente por la ingestión de agua o alimentos contaminados. Las hepatitis B, C y D se producen de ordinario por el contacto con humores corporales infectados.

Tratamientos convencionales

Las hepatitis más benignas pueden curarse sin intervención médica. En estos casos se recomiendan descanso, evitar tóxicos como el alcohol y una dieta pobre en grasas.
En los otros casos se utilizan el interferón, la ribavirina y los inhibidores de la proteasa y cuando estos remedios fallan, la última opción es el trasplante.

En el próximo post hablaremos de la prevención y el abordaje de la enfermedad desde la visión de la medicina biológica

Continúa en el post: “La hepatitis y la cirrosis hepática II”

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