Las galletas son bollería industrial

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¿Sabías que el Ministerio de Sanidad, en la Encuesta Nutricional de Ingesta Dietética Española, incluyó a las galletas dentro de la categoría “bollería”, junto a otros productos como pasteles, bollos, buñuelos o churros? Lo hizo porque la composición nutricional de las galletas es muy similar a la de alimentos superfluos que nadie dudaría en calificar como bollería.

Las galletas son un alimento bendecido en nuestra sociedad, se consideran tan saludables que forman parte de los desayunos y meriendas de los niños, tanto en casa, como en las escuelas infantiles y más llamativo aún: en los hospitales.

Del mismo modo, no pocos adultos se comen un paquete de galletas mientras ven su serie favorita en la tele, después de una jornada agotadora.

Por el contrario la llamada bollería industrial es reconocida por la mayoría de la población como un alimento poco saludable y por lo tanto no adecuado para incluirlo en la alimentación infantil, ni en la de los enfermos.

Sin embargo vamos a ver que las diferencias entre ambos tipos de alimentos no son tales.

Similitudes entre las galletas y la bollería industrial

Ambos son alimentos altamente procesados por la industria alimentaria, compuestos por harinas refinadas, azúcar blanco en cantidades considerables y grasas de mala calidad. Por si esto no fuera poco, se les añaden todos los aditivos alimentarios que sea preciso para mejorar el color, la textura, el sabor, etc. El resultado es un producto nada recomendable en cualquier etapa de la vida y para cualquier persona, pero sobre todo en los casos a los que nos referimos más arriba.

Tanto si tomamos galletas, como bollos, hablamos de entre 15 y 35 gramos de azúcar o de entre 400 y 500 calorías por cada 100 gramos consumidos. Su ingesta regular determina que aumente de forma considerable el riesgo de obesidad y arteriosclerosis.

La situación no cambia si las galletas son ricas en fibra o sin azúcar. Estas dos expresiones son simples reclamos publicitarios, siendo el resultado equivalente a las galletas normales.

La revista científica Nutrients ha publicado recientemente una investigación en la que podemos leer que la población infantil es el grupo de edad con la mayor ingesta total de azúcar (91,6 gramos/día). Pero lo que muchos ignoran es que, una parte muy importante de los azúcares que consumen los más jóvenes, proviene de las galletas.

¿Sabías que la ingesta de galletas se eleva a 5,29 kilos por persona al año, según el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente? Si algunos no las prueban, esto significa que hay personas, en muchos casos niños, que toman más de 10 kilos de galletas al año; algo menos de un kilo a la semana.

Cuando se habla de la composición nutricional de las galletas y/o los bollos, se hace casi siempre hablando de los nutrientes, sólo a veces se citan los alimentos de los que proceden, como el caso de aceite de palma, etc., pero en ningún caso se citan la leche y la mantequilla que aportan grasas altamente aterogénicas. Las galletas y la bollería son una forma de tomar leche oculta con las implicaciones que tiene este alimento sobre la salud humana.

Diferencias entre las galletas y la bollería industrial

La única diferencia es la textura, siendo las galletas secas y crujientes y los bollos blandos y húmedos. También es diferente el marketing de ambos productos, es decir, la forma de presentación, el envase y la forma de publicitarlos. Pero no nos dejemos engañar: las galletas no son mejor opción que los bollos.

Si hacemos repostería casera

Muchas personas afirman que las galletas o los bizcochos que consumen son más sanos porque los hacen en casa. El resultado va a depender, sin lugar a dudas, del tipo de ingredientes; porque si se utilizan harina blanca, azúcar refinado y mantequilla, con altas temperaturas en el horno, el resultado no es muy diferente de los productos elaborados industrialmente.

Si hacemos galletas en casa debemos cuidar que los ingredientes sean naturales, integrales y ecológicos en todos los casos. Además deberemos de tener en cuenta la resistencia al calor de las grasas que vayamos a emplear para que no se desnaturalicen en el horno.

En cualquier caso, este tipo de alimentos debería ser de consumo ocasional, en ningún caso frecuente, y mucho menos diario.

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