Si comes carne, que sea ecológica II

Hoy continuamos explicando el resto de sustancia químicas que se incluyen en la alimentación animal y cómo lo que comen los animales aparece en la carne que consumimos nosotros.

Continuación del post “Si comes carne, que sea ecológica I”

Los insecticidas

El DDT se sintetiza durante la segunda guerra mundial y es eficaz como matapiojos, y también frente a la malaria y la enfermedad del sueño. Pero además es un tóxico muy potente, tanto que se ha prohibido su uso en muchos países después de ver los efectos devastadores en la salud humana.

Los insecticidas modernos se degradan difícilmente por lo que pueden permanecer en el suelo contaminándolo hasta más de 15 años después de su utilización, algo que condiciona el uso futuro de esas tierras de cultivo.

Además, actúan destruyendo enzimas indispensables para la respiración celular, es decir crean alteraciones metabólicas muy importantes a nivel mitocondrial y esos daños favorecen el desarrollo de las enfermedades degenerativas.

Son liposolubles por lo que se acumulan en todas las grasas del cuerpo, sobre todo en los tejidos nobles como el hígado, los riñones, las suprarrenales, el sistema nervioso, el aparato reproductor, etc.

Estos compuestos pasan de un ser vivo a otro según la cadena alimentaria. Por ejemplo, si alimentamos a unas gallinas con alfalfa tratada con DDT, éstas producen huevos donde se detecta esa sustancia. Si nosotros tomamos esos huevos el DDT pasa a nuestro organismo y si somos madres que estamos dando de mamar, el DDT pasaría al bebé a través de la leche materna. Este relato nos pone en guardia sobre lo que representa consumir cualquier alimento animal de producción industrial: carne, huevos, leche…

Hay otros pesticidas igualmente tóxicos como el aldrín, dieldrín, lindano, malatión… que pueden producir cáncer, provocar convulsiones en el sistema nervioso, incluso pueden producir la muerte por paro respiratorio, dan lugar a modificaciones genéticas, destruyen las vainas de mielina de los nervios, etc.

Por supuesto que existe una legislación que regula su uso, pero no siempre se cumple. En la actualidad los diferentes países aplican la legislación de modo diferente y consumimos alimentos que, muchas veces, no son de producción local o nacional.

Los Herbicidas y Fungicidas

Los más conocidos son el pentaclorofenol, los arseniatos y las dioxinas, estas últimas, como veneno superan a la estricnina y al arsénico. Estos herbicidas actúan no sólo sobre las plantas, sino también sobre los tejidos animales y producen envenenamiento general, mutaciones en los genes e incluso tumores malignos.

Lo que comen los animales

Según el efecto de concentración que se produce en la pirámide alimentaria más del 90 % de todos los residuos químicos tóxicos que se encuentran en los alimentos están presentes en los de origen animal. Recordemos que, si los 16 kilos de granos que come una vaca se convierten tan sólo en un kilo de carne, los productos químicos que contiene el pienso con el que se la alimenta se concentran proporcionalmente.

Se impone la reflexión de si comer carne, huevos y productos lácteos procedentes de la ganadería convencional, a la luz de esta información, puede llegar a ser tóxico.

Una dieta ecológica debería estar compuesta por alimentos de cultivo orgánico y con predominancia de los vegetales en todas sus formas: cereales, legumbres, verduras y frutas. Los alimentos de calidad animal serían siempre una opción secundaria ya que son muy concentrados en nutrientes, dicho en lenguaje popular, tienen mucho alimento.

Por si esto no fuera suficiente, hasta hace muy poco, a la ganadería que se criaba para la obtención de carne se le suplementaba la dieta con hormonas y antibióticos. En la actualidad la legislación prohíbe el uso de estas sustancias, pero, hecha la ley, hecha la trampa.

Las Hormonas

En particular, las hormonas son importantes factores de crecimiento. Hasta hace poco se ha permitido la utilización de metiltiouracilo y anabolizantes, estas sustancias frenan la actividad del tiroides, reducen el metabolismo basal y consecuentemente producen aumento de peso y retención de agua en los tejidos en los animales que se crían para consumo humano. Pensemos en el dicho: lo que se come, se cría.

En 1.980 se detectó en California que entre el 30 y el 40 % de los hombres padecían ginecomastia (crecimiento de las mamas) y se relacionó rápidamente con la inclusión de hormonas en la alimentación animal.

Aunque en nuestro país en la actualidad no esté permitido el uso de hormonas en la producción animal, la carne que llega a nuestros hogares muchas veces proviene de países lejanos, al igual que las verduras y frutas. Muchos establecimientos de comida rápida que existen a lo largo de todo el país utilizan carnes importadas…

Los Antibióticos

Son sustancias que impiden el desarrollo de los microorganismos a través de la alteración de su metabolismo, pero no se utilizan sólo para tratar las enfermedades infecciosas de los animales como pudiéramos pensar.

En la cría de animales estabulados se observó que los que eran tratados con antibióticos prosperaban más que los otros, y consecuentemente se autorizó su utilización para aumentar el crecimiento, como factores antiestrés y como factores de adaptación al confinamiento.

Durante años se han añadido al forraje que come el animal: neomicina, terramicina, penicilina, cloranfenicol… de modo que todos los antibióticos empleados en la alimentación animal aparecen en la carne que consumimos, y su uso prolongado destruye la flora intestinal y puede producir carencias de vitaminas B y K.

Por eso, muchas resistencias a los antibióticos que crean algunas personas no tienen tanto que ver con la automedicación, como con el hecho de comer carne regularmente con su dosis de antibióticos incluida.

Continúa en el post “Si comes carne, que sea ecológica III”

Si comes carne, que sea ecológica I

Comer carne bio, más que una moda

Muchos dicen que los alimentos ecológicos están de moda y que comer bio es ser actual, esnob, moderno… Sin embargo, el aumento de consumo de alimentos biológicos en los últimos años responde a una necesidad de recuperación de la salud.

La información acerca de la diferencia de calidad entre los productos ecológicos y los de cultivo convencional es confusa muchas veces. Esta confusión está creada desde los intereses económicos de las empresas directamente implicadas en la producción de químicos agroalimentarios empleados tanto en la producción, como en la elaboración de alimentos: hablamos de abonos, pesticidas, herbicidas, antibióticos y hormonas.

A continuación, hacemos una descripción exhaustiva sobre los productos químicos añadidos tanto a los alimentos que consumimos, como a los que forman parte de la alimentación del ganado destinado a la producción industrial de carne.

Los productos químicos incluidos en los alimentos

En la actualidad la inmensa mayoría de la población consume alimentos a los que se les añaden productos químicos. El término orgánico, biológico o ecológico se refiere a un alimento obtenido sin añadir ningún producto químico de síntesis.

Hay un aspecto ignorado por muchas personas y es lo que vamos a llamar la quimicalización de la alimentación. Hasta finales del siglo XIX los productos químicos de síntesis no existían en la producción de alimentos ni en su elaboración.

La primera desnaturalización de los alimentos tiene que ver con la aparición de los abonos químicos solubles. Fue Justus von Liebig, un químico alemán quién en 1.840 afirmó que al añadir nitrógeno, fósforo y potasio a los suelos aumentaba el rendimiento de las cosechas, sin tener en cuenta el humus, es decir la parte viva del suelo.

Actualmente se emplean en la producción de alimentos numerosas sustancias de síntesis que clasificaremos en cuatro grandes grupos:

  • abonos químicos (nitratos, fosfatos…)
  • pesticidas (Aldrín, Dieldrín, Lindano, DDT…) y herbicidas (derivados del arsénico)
  • hormonas (anabolizantes, clembuterol…)
  • antibióticos (terramicina, penicilina, cloranfenicol)

Los dos primeros se utilizan en la producción agrícola y forman parte de los alimentos que consume la población y de los piensos y forrajes con los que se alimenta a los animales estabulados, y los dos últimos pueden estar presentes en las carnes de producción industrial.

 Los Abonos Químicos

Son productos de síntesis que además de aumentar el rendimiento de las tierras de cultivo, van a producir cambios importantes en el equilibrio mineral y vitamínico de los alimentos.

Las verduras comerciales producidas en la actualidad con adición de nitratos tienen una composición absolutamente diferente de las de hace un siglo. Contienen seis veces menos sodio, la mitad de magnesio, tres veces menos cobre y cuatro veces más potasio. Dicho de otra manera, los abonos solubles desequilibran al suelo y consecuentemente a los cultivos desde el punto de vista mineral.

Al aumentar el potasio y disminuir el sodio, las verduras contienen más agua y menos extracto seco, como dirían nuestras madres, más agua y menos sustancia. Luego el aumento en la productividad va de la mano de un descenso en la calidad nutricional de los alimentos. Por eso las carnes de animales alimentados con forrajes a los que se les añaden nitratos sueltan tanta agua al cocinarlos. Este es el primer aspecto visible de la menor calidad de la carne de producción industrial.

Volviendo al tema de los nitratos, si tomamos como ejemplo las espinacas, vemos que las cultivadas de forma orgánica contienen 23 ppm (partes por millón) de nitratos y en las cultivadas con abonos químicos el contenido en nitratos aumenta a 420 ppm.

Los nitratos en nuestro metabolismo se reducen a nitritos y transforman la hemoglobina de la sangre en metahemoglobina, incapaz de asegurar el transporte de oxígeno, lo que conduce a una hipoxia (falta de oxígeno en la sangre). En el mercado podemos encontrar espinacas de cultivo convencional que contienen entre 1.000 y 3.000 ppm de nitratos.

El ejemplo de las espinacas es extrapolable a la alfalfa o cualquier otro tipo de forraje con el que se alimenta al ganado.

En la actualidad hay corrientes de opinión que defienden la utilización de abonos químicos, ya que afirman que, si no se añaden nitratos, las tierras no producirían suficiente cantidad de alimentos para cubrir las necesidades de la población. Se trata de valorar la cantidad frente a la calidad. Con frecuencia vemos cómo los excedentes de la producción agrícola muchas veces se tiran para mantener los precios… lo que nos debe hacer reflexionar sobre las repercusiones del modo de producción actual.

La adición de productos químicos en la producción de alimentos no se limita a los abonos nitrogenados, sino que además se añaden a los cultivos pesticidas para combatir las plagas y herbicidas para controlar las malas hierbas. Por otra parte, en la cría de animales se utilizan en muchos casos hormonas y antibióticos a pesar de que su utilización está prohibida en la Unión Europea.

Los Pesticidas

Mientras la agricultura se ha practicado de forma manual o con ayuda de animales de tiro, las superficies de cultivo eran irregulares y las limitaban los setos, los desniveles del terreno, etc. Esto no permitía grandes superficies ocupadas por una sola especie.

Sin embargo, cuando se mecaniza la agricultura en el siglo pasado, aparecen amplias superficies dedicados al cultivo de una sola especie: los monocultivos. Esta forma de producción de alimentos masiva y por tanto antinatural favorece la aparición de las plagas y como en esa época ya se había desarrollado la industria química, se empiezan a diseñar los primeros pesticidas.

Bajo el nombre de pesticidas se agrupan tres grandes grupos de productos químicos: los insecticidas para combatir las plagas de insectos, los herbicidas para controlar las malas hierbas y los fungicidas para luchar contra los hongos.

Continúa en “Si comes carne, que sea ecológica II”

Gelatina de moras

Antes de la llegada del otoño podemos experimentar este sencillo postre.

Ingredientes:

  • Cuatro tacitas de moras
  • Una tacita de uvas pasas
  • Una bolsa de algas agar-agar
  • Sal marina
  • Corteza de limón ecológico
  • Agua filtrada o embotellada

Lavamos bien las moras y las pasas. Hacemos una compota poniéndolas a cocer con agua embotellada o filtrada, un poco de sal marina y la corteza del limón.

Mantenemos la cocción a fuego suave treinta minutos. A continuación, retiramos la piel del limón y pasamos la mezcla por el pasapurés con el paso más fino para quitar las semillas de las moras y de las pasas.

Disolvemos unos 8 o 10 gramos de agar-agar (en copos o en tiras) en un poco de agua fría y añadimos un litro de compota. Hervimos la mezcla durante 10 minutos y la disponemos en moldes individuales.

Dejamos que gelifique durante varias horas y ya tenemos listo el postre. Para mayor comodidad lo podemos preparar de víspera.

Ensalada de col

Hoy os presentamos una forma diferente de consumir la col, así nos podemos beneficiar de sus propiedades todo el año.

Ingredientes:

Escaldamos la col durante dos o tres minutos con agua hirviendo y un poco de sal marina. La escurrimos y dejamos que se enfríe

Mientras, ponemos en un suribachi (mortero dentado) las nueces y las trituramos lo más fino posible, añadimos el miso y el agua necesaria para obtener la textura de una salsa.

Cortamos la col en tiras muy finas, la disponemos en una ensaladera y vertemos la salsa por encima. ¡Buen provecho!

El síndrome post vacacional

Ya hace unos años que al final del verano los medios de comunicación dedican un tiempo a hablar del síndrome post vacacional: un estado de malestar, tanto psíquico como físico, que se produce por una falta de adaptación a la vida activa en el trabajo, a la vuelta de las vacaciones.

El síndrome post vacacional es más frecuente entre los jóvenes y los síntomas van desde cansancio, somnolencia, dolores musculares, falta de capacidad de concentración, hasta irritabilidad, nerviosismo, etcétera.

Oficialmente no está reconocido como una enfermedad, pero se sabe que las personas que lo padecen pueden tener una patología silente de base. Es decir, un estado de salud pleno tendría como manifestación, la adaptabilidad. Si además en las vacaciones hemos desconectado, descansado, disfrutado y hemos cargado las pilas, lo esperado sería volver al trabajo con energías renovadas y más vitalidad… más ganas, en una palabra.
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Beber es un gran placer

El ser humano es el único animal que bebe cuando no tiene sed. Bebemos para socializar, para depurar… pero ¿cuánto y qué debemos beber?

Lo que nos mueve a beber debería ser calmar la sed, pero ¿realmente tenemos sed o hemos creado unos hábitos muchas veces no muy bien fundados respecto a las necesidades de líquidos?

Vivimos en una sociedad que bebe, y bebe mucho, yo diría demasiado. Hoy vamos a analizar el consumo de agua, refrescos y alcohol.

El agua

El agua es la base de la vida. En nuestro organismo es el elemento más importante ya que representa el 70 % de la composición corporal. Por eso, nuestra salud dependerá de las características del agua que consumamos, sin ninguna duda. La calidad y la pureza del agua condicionan las reacciones químicas del metabolismo.

Hay muchas personas, médicos incluidos, que recomiendan beber hasta dos litros de agua al día porque, según dicen, es muy buena para limpiar el cuerpo de toxinas, incluida la piel. Personalmente opinamos que este planteamiento es producto de una visión fragmentada de la vida y desconectada de lo que es la armonía en el cuerpo humano. Evidentemente el agua arrastra sustancias o partículas, pero aquí más que nunca debemos aplicar el criterio de que no es más limpio el que mucho limpia sino en que poco ensucia.
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Té helado

Una bebida indicada para las calurosas tardes del verano, en la que el hielo aumenta el efecto refrescante.

Ingredientes:

  • Té kukicha
  • Medio limón
  • Una ciruela umeboshi
  • Agua filtrada o embotellada

Ponemos dos tazas de agua a hervir con una ciruela umeboshi entera y cuando alcanza el punto de ebullición añadimos el té kukicha. Mantenemos un fuego suave cinco minutos y lo dejamos reposar otros cinco minutos más. Colamos el té y lo reservamos.

En el momento de tomarlo le ponemos unas rodajas de limón ecológico y unos cubitos de hielo.

¡Recordamos como siempre que solo recomendamos alimentos ecológicos!

 

Achicoria con anís

El anís nos va a perfumar esta bebida y la malta de cebada le va a dar un gusto a caramelo. Se puede tomar tanto caliente como fría.

Ingredientes:

  • Una cucharada sopera de achicoria
  • Una cucharada sopera de malta de cebada
  • Agua filtrada o embotellada.
  • Dos frutos de anís estrellado

Ponemos a hervir dos tazas de agua con el anís estrellado y cuando alcanza el punto de ebullición añadimos la achicoria, dejamos hervir a fuego suave 5 minutos y lo colamos.
Añadimos la malta de cebada y ya está lista para tomar.

¡Los ingredientes en todos los casos serán ecológicos!